Algo más que palabras PDF Imprimir E-mail
"Reflexiones al amanecer" - Gregorio Tienda
 
Hombre_mayorEs muy temprano, pero me siento bien; muy bien. Hace poco que me he levantado, y tengo en la mano el segundo café. El café es malo para la salud, pero ya no me importa lo suficiente como para dejar de tomarlo. No hay casi nadie por las calles. Sólo un vecino paseaba hace un rato con su perro, por el parque situado al otro lado de la calle. Aunque estoy en la terraza, en pijama, siento la intimidad de la soledad a esta hora tan temprana. Más aún, porque es domingo y casi nadie madruga.

¡Cuánto tiempo sin escribir! Me cuesta empezar, pero debo retomar la costumbre. Escribir bien, debe ser algo innato. No imagino a Antonio Gala, mi escritor español predilecto, haciendo ejercicios de narrativa. En él debe ser algo tan fácil como plasmar con tinta su propia esencia. Se necesita cultura, experiencia en la vida, haber amado y sufrido, ganado y perdido. Tener algo importante que contar, y saber contarlo. Tener un espíritu inquieto, y un carácter rebelde. Mi vida ha sido, es, tan predecible que nunca imaginé un futuro extraordinario como escritor. Pero, necesito seguir dejando plasmados mis sentimientos, sensaciones y deseos, porque algo que creí muerto, ha resurgido en mí, arrollador como el agua de un pantano que rompe la presa que la sustentaba y retoma su cauce. Es el deseo de escribir.

La mañana está clareando. Se nota que los pájaros comienzan a despertar, y entristece saber que está amaneciendo, y que pronto anochecerá. Cuanta más luz hay, menos intimidad. Más ruidos urbanos se escuchan, aunque aquí, pocos. Mi barrio es poco transitado.

Sobre el capó de mi coche estacionado junto a la acera, frente a mi casa, un gato blanco me mira fijamente. Pasa una furgoneta y se esconde debajo. Ahora que ha pasado el peligro de ser atropellado, vuelve a salir. Parece suave y limpio, pero sus ojos no me gustan; tienen una anomalía denominada heterocromía, que le da un aspecto extraño.

Todo el vecindario duerme aún, y no quiero que despierten; necesito estar más tiempo solo, para empezar bien el día. Ni más ruidos, ni más luz. Quiero sentir la sensación de estrenar el día y vivirlo solo. La temperatura es agradable y corre un vientecillo suave. El cielo es azul, salvo al oeste que lo adornan unos trozos algodonados. Nada es digno que comentar todavía, no oigo ningún movimiento humano, salvo algunos coches pasar de tanto en tanto. Quiero conseguir que perdure la sensación de que esta mañana me pertenece sólo a mí, que es mío el poder para que hoy resulte un día agradable, aunque sólo sea hasta que el resto del mundo se ponga en marcha.
Unos perro ladran y los pájaros siguen cantando. Tengo una sensación rara en el estómago, no de hambre, sino como si el vacío en su interior fuera igual que el propio estómago. ¿Será porque soy mayor? Hace poco, he cumplido 81 años. Ser tan consciente de la propia edad y de que el tiempo pasa, que ha pasado volando, es un hábito que se adquiere… no sé a partir de cuantos años. Que el tiempo se escapa de las manos no es novedad para mí, y me pregunto si es un hecho circunstancial o metafísico. ¿He hecho con mi vida lo que quería realmente? ¿Es esto lo que llaman la crisis existencialista? ¿Soy realmente mayor? O sólo una persona adulta. O un niño con 81 años. ¿Qué echo de menos y qué me falta por hacer? ¿Tengo tiempo aún de hacer algo grande? O me queda sólo la opción de seguir envejeciendo sin más.

Necesito un baño y un almuerzo suculento. Eso sí que es real. Miro en mi espejo del cuarto baño mi viejo envoltorio y pienso que la lucha con el tiempo ha dejado cicatrices que rompen la estética de una hipotética imagen sugestiva. Que el tiempo me está ganando la partida. ¡Cuánta argumentación para decir sinceramente que estoy viejo! Pero, ¡sólo mi cuerpo! Quizá la flaccidez de mi anatomía la origina el peso de las mil experiencias y conocimientos que he adquirido. Conocimientos que sólo están escritos en las hojas del libro de mi vida, libro que nadie puede leer por mí, ya que cada uno lo escribe de forma diferente. ¿Compensará lo adquirido a lo perdido?

Son casi las doce del mediodía, es pleno verano y en lugar de oír motores, impera el silencio, sólo interrumpido ocasionalmente, por las chicharras con sus trinos, furiosas por el calor, o alegres, no lo sé. Testimonio mudo de que esta es una zona en la que sus habitantes, casi todos, se han ido de veraneo a la montaña o al mar, y que en estas fechas del año está casi deshabitada.

He releído algunos relatos del libro que estoy escribiendo, quizá el último, y reflexiono, como en tantas ocasiones. ¿Debería analizar profundamente mi interior? Porque, debe existir una razón para este repentino deseo de escribir, aunque parezca incapaz de reconocerme en lo que escribo. Todo se me hace digno de analizar ahora; mis sentimientos, mis prejuicios, mi sinceridad o mi falsedad; todo aquello que debo encontrar dentro de mí. Si fuera creyente, diría: padre, yo me confieso.

Estoy solo, momento propicio para lo bueno y lo malo. ¡Yo quería ser médico! En cambio... ¿Qué he sido? ¿Qué soy? Quizá me falla el temperamento, me falta el don de reconocer la verdad, incluso ante mí mismo, y actúo para disfrazarla. Es como si el hecho de que me guste el café, fuera motivo suficiente para anular su capacidad de crear problemas de salud, o, sus beneficios para atenuar ciertas enfermedades, que también los tiene. Como si llorar por las desgracias de otras personas fuera prueba irrefutable de poseer un gran corazón. No. También hombres como Hitler que mató a millones de personas, dicen que amaba a los niños. Lo que me lleva a la conclusión de que, ser hombre y amar a los niños, no es condición suficiente para ser buena persona.

Creo que se me ha pasado la vida esperando ese gran acontecimiento que me dé la felicidad completa, la plenitud y la paz interior, sin haber conseguido realizar mis aspiraciones ni mis proyectos más importantes. Se me ha escapado el tiempo, sin siquiera acariciarlo…

 

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  1. * Actualizado: Noviembre 2017

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