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 Asunto: Re: CRAZYWORLD (UNA NOVELA HUMORÍSTICA)
NotaPublicado: 21 May 2017, 11:04 
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MI PRIMERA NOCHE CON KATHY/ CONTINUACIÓN



Con el tiempo llegaría a saber muy bien que esa era una excelente señal. Cuanto más fría, más gélida, más caliente, más excitada, más cachonda estaba la gatita. Mi idea era otra. Una piel volcánica indicaba una cachonda suprema. Pero esa era solo una idea del subconsciente puesto que seguía amnésico perdido, no recordaba haber practicado sexo con ninguna mujer. Aunque el sueño podía indicar lo contrario. ¿Sería yo un auténtico gigoló? En cambio la piel volcánica en Kathy indicaba lo contrario, que no había ni pizca de cachondez en ella y que su cólera sorda podía salir al exterior en forma de iceberg impredecible, capaz de hundir cualquier Titanic. Eso lo llegaría a saber con el tiempo, pero ahora solo sabía que ella estaba helada y que parecía ser yo el candidato ideal para calentarla.

Me mordisqueó una oreja y bajó su mano gélida hasta mi carita asustada. Yo continuaba tan sorprendido que solo pude balbucear.

-¿Cómo…? ¿Cómo…?

-Vamos cariño. Eso te lo explicaré luego. Ahora dedícate a la faena.

Se escuchó otra vez el estremecedor aullido de lobo. Se me puso el vello de punta.

-No te asustes. Es solo ese payaso de Kurt. Cuando hay luna llena le da por dar aullidos. Es nuestro hombre lobo.

Mis manos se deslizaron a su culo y lo magrearon con deleite. Kathy se estrechó más contra mí cuerpo y gimió.

-Sigue, sigue. Pensé que nunca llegaría la noche para hacerte una visita. Eres un regalo del cielo. Un bomboncito delicioso.

Continué. Separándola un poco lamí su pezón izquierdo. Ella gimió y exhaló un gritito agradecido.

De pronto escuché de nuevo a la mujer. Parecía estar sufriendo un orgasmo tras otro. Me quedé pasmado.





-No hagas caso, bomboncito, es la estúpida de Mary, una histérica insufrible. En cuanto se monta un poco de jaleo se pone a chillar como si la estuvieran degollando. Luego sufre orgasmo tras orgasmo hasta acabar agotada de tanto chillar. La muy idiota es incapaz de dejar que la toque ningún macho. Se excita con el barullo y el jaleo. Ya le he dicho al subnormal de Jimmy que lse dedique a ella y deje de quejarse de sus periodos e abstinencia. Si consiguiera hacerla gozar una sola vez ella sería suya para siempre.¿Sabes que me respondió ese burro?

-No, Kathy, amor.

-Que era vieja y fea para él y que soltaba ventosidades. Eso es señal de que lo ha intentado y le ha tocado el culo alguna vez. Pero sigamos con lo nuestro. Y no me llames amor, ni gatita. Lo odio. Llámame puta y lo más obsceno que se te ocurra. Eso me pone cachonda.

¡Vaya! Todo en la vida tiene su contrapartida o su opuesto, el día y la noche, lo dulce y lo amargo. Kathy era un bomboncito dulce pero tenía su toque amargo, como estaba comprobando. Me temía que esa no iba a ser la única sorpresa y no lo fue, aunque no adelantemos acontecimientos.

Yo no era un hombre dispuesto a insultar a una mujer, a decirle grosería o incluso a maltratarla, aunque fuera en el acto del amor y porque ella me lo pidiera. Yo era un hombre sensible, dulce, un verdadero pastelito para una mujer. Eso no me iba. Tendría que hacer un esfuerzo desmesurado. De pronto me vino a la cabeza. ¿Qué sabía yo de cómo era realmente? Era un maldito amnésico. No recordaba nada. ¿Habría sido un gigoló? ¿Me las habría tenido que ver con mujeres masoquistas y actuado como un sádico?

Como Kathy insistiera en que yo reparara mi pecado al llamarla amor me vi obligado a soltarle un par de insultos que no quiero citar aquí y unos cuantas groserías sobre su sexo y su persona. A ella le gustó y se restregó contra mí, como una gatita mimosa.

Pude comprobar que cada vez estaba más fría, casi gélida. Eso no me impidió besarla con deleite, como a un polo de fresa. Mi mano hurgó en su entrepierna y acarició su sexo intentando insuflar calor a su congelada tartita de chocolate. Busqué su clítoris y lo manipulé un poco. No mucho, porque algo extraño estaba sucediendo. Me pareció más grande de lo habitual en estos casos. Aunque bien pensado ¡qué sabía yo de lo que era habitual en estos casos! Era como un jovencito virgen, aunque en mi subconsciente debía rendir una sabiduría que iba brotando de forma inconsciente.

Su clítoris estaba creciendo de forma desmesurada y empapándose de un liquidillo lubricante como una esponja, sumergida en la bañera. Estaba rezumando enormes gotas que se convirtieron pronto en un torrente. Un olor fuerte, intenso, acre, llegó a mi nariz. Eso me excitó mucho, sin yo pretenderlo, era como un cóctel de feromonas gatunas le fueran restregadas por el olfato del gato macho. Dejé el clítoris con un estremecimiento.

Kathy, que debía haberlo previsto, se echó a reír.




-No te asustes, bomboncito de licor, mi clítoris es un poco raro. Con la excitación crece y crece hasta transformarse en una berenjena. Eso es buena señal. Significa que me has puesto muy cachonda.

-¿Es eso normal?

-Tu deberías saberlo…Perdona. Olvidaba que eres amnésico. Pues no, no lo es. Me han visto un montón de especialistas que se han quedado pasmados. Me hicieron un montón de pruebas. Me dijeron que era un caso único, jeje. Es un poco molesto para el amante de turno. Cuando se convierte en una berenjena sale al exterior y obstruye la vagina. Por eso me gusta que la tengan pequeña, así tienen menos dificultades para penetrarme y me hacen menos daño.

Kathy echó mano a mi miembro que estaba en plena fase de excitación.

-Tú la tienes grande. Tendrás que andar con cuidado y seguir mis instrucciones.

No pude evitar echar mano a su entrepierna. El clítoris continuaba creciendo y asomándose al extremo. Lo acaricié un poco para hacerme con sus textura . Kathy, gimió y exhaló un gritito. El clítoris estaba muy resbaladizo, empapado. Busqué su raja. Era complicado hasta para un dedo penetrar con semejante obstáculo. Kathy chilló de placer y sus caderas dieron un bote. Llevé mi mano a la nariz, curioso. El olor era tan intenso que casi me desmayo. Me puso frenético, las hormonas parecían lo suficientemente fuertes como para tumbar a un elefante.

-Reconozco que es un poco molesto, pero tiene sus compensaciones. Yo disfruto un trescientos por cien más que una mujer normal. Eso me dijeron es la causa de que sea una ninfómana perdida, según ellos. Nadie puede resistirse a semejante placer. Es adictivo. Los hombres también disfrutan más, por lo visto mi clítoris es un almacén de hormonas, algunas desconocidas. Los machos se vuelven frenéticos y eso ayuda a prolongar la erección. El lado negativo es que penetrarme requiere cierta técnica y tiene sus dificultades.

No podía creerlo. Aquella mujer parecía una máquina sexual. No me sorprendía ya que fuera capaz de trepar como una gata hasta el tejado. Yo también lo haría para alcanzar un orgasmo múltiple y tan intenso. que me ponía el vello de punta con solo imaginarlo.

Kathy restregaba su clítoris que iba alcanzando el tamaño de una berenjena contra mi miembro y a cada restregón gemía, chillaba y se sacudía como un pelele. Yo estaba un poco asustado, pero decidí aprovechar y disfrutar de su cuerpo todo lo que pudiera.

Me centré en sus pechos, los mordisqueé, lamí sus pezones y me deleité con aquel manjar suave, prieto, delicioso. Entre los restregones y mi trabajo en sus pechos Kathy perdió el control y se puso a chillar como una energúmena.





Entonces el hombre lobo volvió a las andadas. Su aullido fue horrísono y lúgubre, como contagiado del frenesí de Kathy. Era para reírse pero no lo hice, muy ocupado en disfrutar de lo que prometía ser una noche memorable y el mejor momento de mi estancia en aquel frenopático infernal. Apenas habían transcurrido veinticuatro horas y ni siquiera podía estar seguro de que el próximo día no fuera el último de mi vida, o de que el chalado del doctor Sun no me encerrara en las celdas de aislamiento, como parecía haber hecho con todos aquella noche, exceptuándonos a mi gatita y a mí. Si todo iba bien –que casi nunca va bien, según la ley de Murphy que acababa de asaltar mi cabeza- mi estancia en Crazyworld prometía mucho, muchas mujeres hermosas dispuestas a darme cariño, mucho camino que recorrer en el tren del placer, pero algo así requería un complot de circunstancias favorables, y allí lo más fácil era que todo se aliara para hacerte la vida imposible, las cariñosas mujeres podrían sufrir un colapso mental y transformarse en mis torturadoras; John Smith, el asesino en serie, bien podría despertar de su letargo o del sueño eterno y hacer una carnicería en menos tiempo del que Kathy alcanzaba un orgasmo, o el Sr. Múltiple Personalidad bien podría sacar a pasear a todas sus personalidades a la vez convirtiendo a Crazyworld en la carrera de aquellos chalados en sus locos cacharros. Nada, que era mejor aprovechar lo que se me ofrecía esta noche que pensar en un futuro incierto. Más vale pájaro en mano que ciento volando. Eso pensaba, sin duda, mi gatita, quien se apoderó del mío como de un pastelito de nata y nueces, disfrutando de cada nuez y cada grano de nata. Dejé de hacerme preguntas sobre el clítoris de Kathy, la berenjena mágica, y de intentar imaginarme su triste historia, de elucubrar sobre aquel sorprendente fenómeno, único en los anales de la medicina, y me dejé llevar hacia el paraíso terrenal, entre las piernas de Catwoman, la Venusberg habitada por una dragona de fuego inextinguible.





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 Asunto: Re: CRAZYWORLD (UNA NOVELA HUMORÍSTICA)
NotaPublicado: 13 Jul 2017, 12:33 
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CRAZYWORLD

MI PRIMERA NOCHE CON KATHY IV





Las dificultades de la penetración fueron para mí más un aliciente que un obstáculo. La conocida como postura del misionero parecía ser la mejor, aunque aquel impedimento que ella tenía entre sus muslos me obligó a tomarla de las piernas, subirla, bajarla, rotar mi pene como un tornillo torcido, buscando el perfecto acoplamiento con la tuerca, actuar con mucha suavidad a la hora de superar por algún hueco aquella berenjena palpitante que no dejaba de crecer conforme la excitación de Castwoman se intensificaba más y más, como la ululante sirena de la ambulancia crece en volumen conforme se acerca al lugar del accidente. Una vez en el interior, más espacioso, pude relajarme un poco de tanto retorcimiento y dejándome caer con mucha dulzura sobre el hermoso cuerpo de Kathy, me acoplé con fuerza, esperando que ningún movimiento brusco por su parte me obligara a iniciar de nuevo un camino tan resbaladizo como infranqueable. Su clítoris rezumaba en grandes cantidades una sustancia muy pegajosa que se adhería a mi pene y testículos como una babosa. Su frescor era reconfortante, teniendo en cuenta el calor que exhalaba mi bajo vientre, muy magullado, el dolor persistente e inquietante de mis testículos, forzados por la excitación “in crescendo” a producir más espermatozoides de los que seguramente había generado en toda su vida útil y sobre todo el posible despellejamiento de mi pene, que aunque no podía verlo, sí notaba la piel como frotada una y otra vez por piedra pómez. El glande acumulaba tanta sangre que de haberme capado en aquel instante hubiera muerto al perder toda la sangre de mi cuerpo “ipso facto”. Estaba tan dolorido que solo aquella excitación incomprensible e inaudita le permitía mantener la cabeza erguida, como un soldado de honor, que antes se dejara cortar la cabeza que arrodillarse.




El olor que se desprendía de la berenjena de Kathy hubiera podido ser catalogado de apestoso, de no ser por sus efectos de pócima mágica. Intentaba cerrar mis conductos nasales porque bastaba una pizca de aquel perfume en mi pituitaria para sufrir una sacudida electromecánica en mis caderas que me obligaba a retroceder a toda prisa y luego a proyectar mi bajo vientre entre sus muslos, como una catapulta tensa hasta el límite a la que el soldado encargado hubiera cortado la cuerda con el filo de su cortante espada. El perfume rascaba mi pituitaria, haciéndome estornudar, y con cada estornudo mis caderas retrocedían bruscamente y luego se lanzaban hacia delante como la piedra de la catapulta. Con cada embestida la berenjena se comprimía y lanzaba un chorrito de líquido pegajoso y hasta tuve la sensación de que también proyectaba un gas que refrescaba mis muslos, el escroto, el pene, subiendo por mi bajo vientre hasta mi ombligo y de allí arrastrándose hasta la garganta que se encogía rítmicamente dejándome sin respiración a veces y luego obligándome a introducir el aire en grandes bocanadas. Junto con el frescor otra sustancia ignota estiraba la piel, abría los poros, tensaba todos los músculos, ablandaba toda carne y la estimulación resultaba tan completa y feroz que hasta los poros de la piel parecían desear abandonar su forma ginecea, vaginal, pistilar, receptiva, para transformarse en pequeños penecitos deseando crecer y penetrar, todos juntos, todos a la vez. Sentía crecer en mí infinidad de penes, todos ansiosos por apoderarse de la Venusberg para ellos solos. Aquella excitación me llevaba al paroxismo y penetraba y penetraba con el único pene que poseía y que ya estaba dentro y salía como un muelle roto. Toda mi preocupación consistía en que el retroceso no fuera total y fatal, para evitarme aquel doloroso y angustioso camino de tornillo torcido buscando la tuerca escondida.

Era imposible tomarse un respiro, las secreciones berenjenales tenían a mi sufrido cuerpo en pie de guerra a cada instante y conforme más penetraba y me sacudía en su interior, la excitación más y más aumentaba, hasta el punto de comenzar a sudar como en una sauna, a pesar del frescor de aquel supuesto gas que me subía hasta la garganta desde los muslos, todo mi cuerpo estaba húmedo y resbaladizo, mis músculos en tensión, mis ojos desorbitados, mi garganta oprimida de donde pugnaban por salir aullidos lobeznos, y mis caderas eran ya totalmente incontrolables, adoptando el ritmo marcado por aquella berenjena infernal que se comprimía para luego expandirse y arrojar más sustancia pegajosa, como un líquido seminal femenino, inextinguible, insaciable, adhiriéndose a la piel de mis muslos y de mi bajo vientre como un rebaño de babosillas buscando la sangre escondida en las venas ocultas. Y conforme el olor aumentaba, apestoso y delicioso al mismo tiempo, el coito se fue haciendo más y más feroz. Kathy chillaba como si la estuviera desollando, yo sudaba y resbalaba, sentía vértigo allá arriba, los ojos me daban vueltas, los oídos parecían haberse bloqueado porque solo podía percibir un persistente zumbido como de un moscardón metálico que ocultaba todo ruido del entorno que no fuera el chillido sopranil y percutiente del gemido de Catwoman, mis jadeos estentóreos y ese grito que pugnaba por salir y se bloqueaba una y otra vez ante la incapacidad de que mi pene explotara de una vez y todo lo que tuviera que salir, saliera como un misil húmedo y pegajoso. Porque la angustia de no ser capaz de eyacular me estaba poniendo frenético. Cada vez que el climas parecía haber llegado a la cúspide, que el miembro había engordado tanto que necesariamente era preciso que explotara, cuando sentía toda la sangre agolpándose en el glande, y los testículos bombeando litros y litros de semen que obligatoriamente deberían salir por el conducto o reventar, entonces la berenjena crecía un poco más, se comprimía un momento y luego arrojaba una nueva y más grande dosis mortífera.




Quería explotar o morir y al mismo tiempo deseaba que todo aquel infierno de lujuria continuara hasta el fin de los tiempos. Kathy parecía desear lo mismo porque sus piernas se habían cerrado sobre mis caderas, como una tenaza, sus brazos me sujetaban por la espalda como dos cadenas y sus dedos se habían clavado en mi columna vertebral con la agudeza percutiente de las uñas de una gata. Su boca mordía mi pecho con los incisivos afilados de una gata en celo y la sangre resbalaba por mi espalda y por mi pecho, el dolor se unía al placer y ambos se juntaban en un éxtasis feroz que no podía saber cuánto tiempo llevaba estirándose, pero que estaba convencido de que acabaría explotando o saldría disparado como un misil, atravesando techo y tejado, hasta reventar en el aire, en plena estratosfera.

No soy capaz de imaginarme cuántos orgasmos había sufrido Catwoman desde que estábamos enlazados, pero el mío se hacía esperar tanto que mis caderas habían alcanzado el movimiento imperceptible de una cámara rápida al máximo. Por fin algo se rompió allá abajo, creí que mis testículos habían reventado como un pantano al máximo de su capacidad y un torrente de líquido seminal, espermatozoides frenéticos, pugnando por no ahogarse en aquella corriente rápida, infernal, que parecía moverse en cascadas saltarinas, buscando un desagüe, pugnando por ser el primero que fertilizara aquel óvulo extraterrestre que parecía bombear hacia dentro, como un agujero negro. El canal seminal fue incapaz de soportar tanta presión y arrojó todo a la vez hacia el agujerito del glande. El miembro, a punto de reventar, se estiró y estiró y se hinchó aún más, si eso fuera posible y de pronto cuando la primera oleada llegó al agujerito y salió comprimida a niveles cuánticos sentía que todo se rompía en mi interior, el bajo vientre, el alto vientre, el plexo solar, riñones, hígado, toda la parafernalia interna, el sistema circulatorio, respiratorio, los músculos, los tendones, los poros, el cuero cabelludo, las fosas nasales, la garganta, los pulmones, y por último el corazón, que de tanto bombear ya no sabía si la sangre entraba o salía. Mi garganta se desbloqueó de pronto y un grito horrísono, infernal, aullador, imparable llegó hasta mis oídos, los desbloqueó, los taladró y se junto a los aullidos de Kathy y a los del hombre lobo que a lo lejos parecía responder, celoso y envidioso, y al inexpresable sonido de aquella mujer de la que recordaba que ella me había hablado en algún momento de la noche. Al cuarteto operístico se unió el griterío de todos los pacientes de Crazyworld que parecían haberse puesto de acuerdo, junto a las carreras y maldiciones del personal que les perseguía, a los relojes de cuco que alguien, tal vez Jimmy, había puesto en funcionamiento, a la música que se desprendía de los altavoces, también posiblemente causada por El Pecas y a todo lo demás, que era indescifrable en aquella algarabía.


Cuando el torrente terminó de salir y yo de aullar, cuando la Venusberg de Kathy, bien regada, fue haciendo decrecer su clítoris-berenjena y me permitió intentar sacar mi tornillo torcido de la tuerca, comprendí que de no ser por aquel tumulto insufrible que se había formado los aullidos de Catwoman y los míos hubieran provocado algo aún peor. Me pregunté si Kathy lo habría organizado todo, si Jimmy habría colaborado, si esto era normal cuando mi vampira favorita estrenaba a un novato, si Crazyworld era el infierno y yo estaba muerto o era el paraíso para los malos que han sido un poco buenos y se han arrepentido, como era mi caso. Tuve tiempo de reflexionar largo y tendido porque estaba tan agotado que me dejé caer sobre el cuerpo acogedor de Kathy y ésta me dejó hacer hasta que mi peso le resultó insufrible. Entonces me volteó como pudo, me empujó con todas sus fuerzas y yo salí disparado, con tornillo y todo fuera de la cama, quedando espatarrado boca arriba. Lo que ella aprovechó para salir disparada hacia el servicio, cerrar la puerta por dentro y resollar durante largo rato, luego oí la ducha y luego nada más porque mis ojos se cerraron, mi cuerpo se hundió en el suelo y perdí la consciencia de estar entre los vivos.




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 Asunto: Re: CRAZYWORLD (UNA NOVELA HUMORÍSTICA)
NotaPublicado: 17 Jul 2017, 12:03 
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MI PRIMERA NOCHE CON KATHY/ CONTINUACIÓN



Como soy amnésico no puedo recordar qué se siente al morir, pero sin duda debe ser algo parecido a lo que experimenté cuando el agotamiento brutal me hizo sufrir un fallo multiorgánico y perdí la consciencia de ser yo, de estar despierto y de percibir el latido del corazón, tan revolucionado como un fórmula uno en la recta final. Tampoco puedo saber el tiempo que permanecí en este estado catatónico porque si ya de por sí el tiempo es un misterio, cuando pierdes la consciencia y la recuperas lo mismo ha podido pasar un minuto, que un día, un año o un milenio, si el tiempo es el pensamiento en movimiento, si no piensas el tiempo no debería transcurrir, sin embargo esto no es así, porque en cuanto observas lo que ha cambiado en tu entorno te haces una idea cabal del tiempo transcurrido. Primero fue como una lluvia pertinaz sobre mi cara, luego un baño corporal refrigerante y espasmódico, y finalmente una ola de agua dulce que me golpeó el rostro como un tsunami, penetró por mi boca, bajó por mi tráquea e hizo que me sacudiera como un epiléptico, buscando un sorbo de aire con el ansia con que imagino que un zombi mordería la manzana de la vida, si esto existiera.

Abrí los ojos, cerré la boca y esperé a que el cuerpo dejara de sacudirse como una vara verde azotada por la tormenta. Entonces pude ver a una mujer enfundada en una toalla como en un preservativo, con una papelera entre sus pechos, con expresión preocupada que se fue aliviando hasta que su boca esbozó una sonrisa y luego estalló en carcajadas sincopadas. La sangre tardó en alcanzar mis neuronas, tras un largo viaje. Cuando al final las regó, como se riega un huerto en pleno desierto, con un chorro furioso e incontenible, pude recordar que aquella mujer era Kathy, o Catwoman sin su traje de superheroína, porque en el suelo, tras ella, aparecía desparramado su traje de gatita, de cuero, con costuras de goma, y unas prendas delicadas en color negro, que en un principio etiqueté de goma, aunque con posterioridad reflexioné que la ropa interior de goma no puede ser muy cómoda, en cambio sí lo serían si fueran de seda auténtica, transportada en camello por la ruta de la seda. Cuando mi memoria me representó la escena, la secuencia, la película pornográfica que habíamos vivido “in illo témpore” sentí un hormigueo por todo el cuerpo, una ola de calor impactante, una sensación como de sorpresa, como la que debió sentir Adán cuando Eva le propuso pecar y condenarse, probando el fruto oculto entre sus piernas, aunque luego fueran expulsados del paraíso y se sintieran desnudos por primera vez, aunque está claro que desnudos estaban y estuvieron desde el principio, porque no me imagino al propio dios confeccionando ropa sexista o encargándola a unos grandes almacenes.

Así me sentía yo, desnudo, agotado, porque por mucho tiempo que llevara inconsciente estaba claro que aún no me había recuperado. Las carcajadas de Kathy no contribuyeron a hacer que me sintiera mejor. ¿De qué se reía aquella tonta?

-Perdona, perdona, pero no he podido contenerme. Todos mis amantes quedan agotados la primera vez. Intentan que no se produzca una segunda, pero cuando sucede lo llevan mucho mejor, como cuando has entrenado concienzudamente para el maratón y no se te hace tan largo y agotador.

-¿Cuánto llevo así?

-Un buen rato. Me ha dado tiempo a ducharme con calma, a darme crema por todo el cuerpo, ha hacerme las uñas de manos y pies y luego he estado sentada un buen rato, observando tu tienda de campaña.

Me miré entre las piernas y casi me desmayo otra vez del susto. Porque mi pene-penito-pene seguía tan feliz, como si nada hubiera ocurrido.

-No te preocupes, esto no es como la via..., dentro de un rato todo volverá a ser como antes, los efectos no son permanentes, en cuanto se rompe el contacto con mi clítoris las sustancias dejan de absorberse por la piel y se agotan en el torrente sanguíneo.

-Hablas como una doctora. Me gustaría levantarme, si no te importa, pero preferiría mantener una discreta distancia entre nosotros, al menos de momento.

-Lo entiendo, a todos les sucede lo mismo, aunque tu caso ha sido un poco especial, por un momento creí que te había perdido para siempre, no conseguía despertarte, ni con una toalla empapada, ni salpicando agua desde la papelera, al final parece que cuando te arrojé toda el agua a la cara tuviste que despertar o te hubieras ahogado.

-Vaya, muchas gracias Kathy, por jugarte mi vida a cara o cruz.



-Jajá, serás tonto, solo un idiota como tú puede pensar que iba a meter el plátano en la batidora sin haberle sacado antes todo el partido.

-Pues anda, que tu berenjena mágica parece salida de las mil y una noches.



-¿Berenjena mágica? Jajá.

Había sido muy torpe al desvelar mis más ocultos pensamientos. Intenté ponerme en pie y rechacé su ayuda cuando hizo un gesto de aproximarse. Como pude me volteé, me puse a cuatro patas, flexioné brazos y piernas y me arrojé a la cama como un saltador de trampolín a la piscina. Ya en ella me sentí más recuperado y busqué el lado contrario.

-No tengas miedo, que no voy a poner a funcionar tan pronto mi berenjena mágica, como tú la llamas, necesitas reponerte, además la noche es larga y nos va a dar tiempo a todo.

Fue entonces cuando comprendí qué era lo que me estaba rechinando desde que recuperara la consciencia. El silencio absoluto, ominoso, en que parecía sumido Crazyworld.

-Oye, creo que me engañas, he debido de estar desmayado mucho más tiempo del que das a entender. ¿Cómo es posible que todo esté tan silencioso, cuando antes parecía el infierno de los monos aulladores?

-Esta vez han debido de actuar con mucha contundencia, empleando dardos narcóticos. La mayoría debe de estar encerrada en las celdas de aislamiento. Las paredes son acolchadas y están insonorizadas. Seguramente el doctor Sun les está visitando uno por uno, hipnotizándoles para que se calmen del todo, trabajará con ellos toda la noche, intentando encontrar su maldito subconsciente colectivo, y puede que mañana seamos muy pocos en el comedor.
-Es una suerte que ese loro, la señorita Ruth, me haya encerrado por fuera, no me gustaría estar ahora en las garras de Sun.

-¿Prefieres estar en las mías? Jajá.

-Sí, pero por favor, no te acerques mucho.

-No temas, hombre de poca fe, solo cuando tu miembro roza mi clítoris la berenjena se hincha, mientras tanto soy como una mujer perfectamente normal.

-Lo creo, pero por Dios, no te quites la toalla, espero poder contener mi libido un rato, hasta que me vaya recuperando. ¿Qué te parece si me cuentas un poco de tu vida? ¿Cómo descubriste que eras un fenómeno de la naturaleza?



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 Asunto: Re: CRAZYWORLD (UNA NOVELA HUMORÍSTICA)
NotaPublicado: 20 Jul 2017, 11:30 
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MI PRIMERA NOCHE CON CATHY/ CONTINUACIÓN



Catwoman, con la toalla enroscada como la piel de una serpiente, se deslizó hacia la mesita de noche y tanteó en la lamparita, luego observó con detenimiento la lámpara del techo que yo había tapado siguiendo instrucciones de Jimmy El Pecas, lo mismo que había anulado también el micrófono que aquel me había señalado. Kathy parecía un tanto paranoica, aunque seguramente tendría muchos más motivos que yo, que apenas había superado las veinticuatro horas en aquel endemoniado lugar, un tiempo tan intenso que bien podría valer por un año, o casi.

Al fin pareció quedar satisfecha y tomando unos cojines de la silla de las visitas se colocó cómodamente en el extremo de la cama más cercano a la ventana por donde había irrumpido violentamente en mi vida onírica. Yo doblé la almohada y busqué la posición más relajante posible, lo más alejado posible de aquel cuerpo embrujado. No me apercibí de que si Kathy había tenido el detalle de cubrir su desnudez para que no me sintiera tentado a probar de nuevo la manzana del bien y del mal, yo en cambio permanecía en traje de Adán sin caer en la cuenta de que las mujeres no son de piedra y sufren tentaciones lo mismo que nosotros, otra cosa es que caigan en ellas o no, que ahí cada cual es libre de buscar el placer, de rebelarse contra las imposiciones de una sociedad ñoña o de permanecer alejado de lo único que tal vez pudiera hacer aceptable la vida si fuéramos menos estúpidos. Y me doy cuenta de que hablo como un viejo vividor, cuando en realidad soy muy joven y encima no me acuerdo de nada o de casi nada, pero es ley de vida el que todos se atrevan a hablar de aquello que precisamente más desconocen.

-La historia es muy larga, cariñito, por lo que voy a contarte lo esencial, ya rellenaremos los huecos en otras ocasiones, porque tú me vas a deber mucho cuando te cuente esta lacrimógena historia que ha sido mi vida.

Estuve tentando de preguntar como cuánto la debería, por si fuera conveniente pensármelo dos veces, pero me sentía tan intrigado por aquel extraño fenómeno que portaba entre sus piernas que decidí dejarla hablar todo lo que quisiera, sin intervenir, no fuera que se le olvidara algo importante.

-Todo comenzó con mi primera regla, de la que mamá no me había hablado y tampoco lo hizo después. Era una mujer muy hermosa, pero tan beata –pertenecía a los Adventistas del séptimo día- que nunca me habló de nada que pudiera interesarme. Mi papá nos había abandonado años antes, tantos que apenas conservaba recuerdo alguno que mereciera la pena de él. No debió ser tan malo porque me dejó un fideicomiso para ser administrado por mi madre hasta la mayoría de edad. De éste y de los perfumes y productos estéticos que fabricaba mi madre en el garaje y luego vendía por las casas vivíamos y no muy mal. Mi mamá era química, había estudiado en Harvard, pero renunció a una carrera prometedora para cuidar de la familia, conforme a las directrices religiosas que recibía del pastor de la iglesia que visitábamos mucho más de lo que yo podía soportar. Un error que cometen muchas mujeres que creen demasiado en los hombres, en la sociedad y en los pastores adventistas.

“Cuando comencé a sangrar me llevé tal susto que nunca fui capaz de perdonar a mamá el ocultarme los datos esenciales de la biología femenina. Fue una regla torrencial y tan dolorosa que tuve que permanecer un mes en cama, penando que me moría y sin acabar de hacerlo, algo que me hubiera aliviado mucho. Mamá se limitó a traerme cajas y cajas de compresas, de tampones, de toallitas absorbentes y algunos tubos de pastillas para calmar mis intensos dolores. Cuando al fin logré recuperarme me reintegré a los estudios intentando disimular el gran bulto que llevaba entre las piernas, así como los tampones y compresas de mi mochila. Busqué a la compañera con más fama de atrevida y locuela y así pude enterarme de que no me iba a morir de momento, que aquello se llamaba regla, que lo teníamos todas las mujeres al llegar a una determinada edad y que se agotaba en algún momento de nuestras vidas, demasiado tarde, pienso yo.



“La segunda regla fue igualmente torrencial y dolorosa, hasta el punto de que mi madre se asustó mucho, y tras consultar con el pastor decidió llevarme a su ginecólogo, un viejo gruñón, acostumbrado a no examinar a sus pacientes en la forma habitual y a deducir lo que les pasaba por lo que ellas le contaban entre balbuceos. Cuando mi madre, ruborizada hasta la insolencia, le habló de mi problema, el viejo gruñón se rascó la barba y por primera vez en su carrera profesional tuvo el valor de mandarla a la farmacia más cercana mientras él me examinaba a consciencia y sin miedo a palpar. Con el tiempo descubriría que había heredado la belleza de mamá, superándola con creces y tal vez el encanto de papá, un empresario emprendedor que se las sabía todas y así es difícil resistirse a intentar hacer pasar por tontos a los demás. Todos los hombres que conocería de allí en adelante se hacían pasar por ginecólogos e intentaban palparme y auscultar mis zonas íntimas como si se creyeran capaces de curarme de aquel castigo divino, como no cesaba de pregonar mi mamá.

“Por suerte aquel viejo gruñón era un gran profesional, aunque su pacata clientela no le hubiera permitido demostrarlo hasta entonces, y tras un cuidadoso examen a palpo, los correspondientes análisis y todas las pruebas que fueron necesarias, que fueron muchas, creyó descubrir una malformación genética en mis órganos sexuales, vagina, trompas de Falopio y adyacentes, así como toda una serie de problemas hormonales desconocidos. Le dijo a mi madre que aquello le superaba y le recomendó nuevas pruebas con otros grandes profesionales, amigos suyos. Como mi madre renunciara a ello, bien aconsejada por el pastor, el viejo gruñón solo se comprometió a intentar contener mis reglas hasta un punto aceptable y a disminuir mis dolores y tormentos hasta el extremo de permitirme sufrir solo una semana al mes. Algo que le agradecí de corazón, como quien solo puede comer puré porque su dentadura es una mierda.

“Así fui creciendo, entre tormento y tormento, hasta que para mi desgracia los chicos comenzaron a fijarse en mis pechos y las chicas, malvadas y envidiosas, no cesaron de susurrarme lo bien que lo pasaban con los chicos en lugares escondidos, y lo que me estaba perdiendo y que no iba a recuperar nunca. Debido a mi desgracia o al castigo divino, como decía el pastor, solo pensaba en esa zona de mi cuerpo para intentar olvidarla, antes de que la maldita regla me la recordara todos los meses. No encontraba nada interesante en ella y había procurado hacer como que esa parte de mi cuerpo, desde el ombligo a las rodillas, fuera invisible. Pero la curiosidad mató al gato y la manzana perdió a Eva, como decía el pastor.

“No pude resistirme cuando el guaperas de la clase me pidió que le acompañara al cine y de allí a un lugar boscoso y oculto, en su coche, donde me besó hasta atragantarme, lo que me gustó un poco, y luego metió mano abajo, lo que no me gustó nada, por lo que se vio precisado a explicármelo todo, de “pé a pá”, visto que yo parecía una pazguata. Debí de gustarle mucho para que no me dejara allí tirada, en medio del salvaje bosque, como una caperucita despreciada por el lobo. Todo me resultó repugnante, molesto, asqueroso y me faltan adjetivos, hasta que el chico perdió los nervios, se bajó los pantalones, enseñándome lo que los hombres tenían entre las piernas y que yo desconocía hasta ese momento, y sin más ni más me penetró como el bruto que era. No me dio tiempo a reflexionar sobre el órgano sexual masculino ni la suerte que tenían los malditos hombres de no tener regla y de todas sus ventajas, excepto la de tener que portar al exterior un saco con dos bolitas o bolazas y una manguera o manguerita, algo que me pareció en extremo molesto, aunque no tanto como para que pudiera compensarme del sufrimiento de aquella regla demoniaca diseñada por un machista asqueroso a quien hubiera castrado sin pensármelo dos veces.

“Y fue entonces cuando descubrí que el castigo divino era mucho mayor que el que yo había imaginado, a pesar de mis faltas y pecados, que no eran tantos como pensaba el pastor. Porque al dolor de una penetración tan brutal se añadió un fenómeno extraño que no supe entender y que me dejó tan avergonzada, como sorprendida y horrorizada. Un bultito, que yo no había percibido hasta entonces, comenzó a hincharse conforme aquel bruto entraba y salía y se restregaba contra mis labios. Lo que hasta entonces había sido puro sufrimiento se fue transformando en un placer desconocido y tan agradable que me olvidé de todo, incluso de la posibilidad de quedar embarazada, algo de lo que me habían prevenido mis amables compañeras. No pensé en mi mala suerte y en lo que podía depararme el futuro, me concentré en aquel gustito que iba creciendo al tiempo que lo hacía el bultito, que parecía rezumara alguna sustancia desconocida que estaba volviendo loco a un chico tan amable y simpático y encima el guaperas del cole. Había perdido por completo el control y no dejaba de jadear, de quejarse, de gritar, como si le dolieran los testículos tanto como si se los estuviera aplastando una apisonadora. Cuando lo que luego con el tiempo sabría que era mi clítoris, hubo crecido tanto que el amable chaval se las veía y deseaba para penetrarme, se dejó caer sobre mí y se desmayó, sin más. Yo había alcanzado un estado tan placentero que me quejaba como si sufriera mucho, pero en realidad estaba gozando como nunca pude imaginar que se pudiera gozar. Aquello por lo visto, luego me enteraría, era un orgasmo, pero no solo uno, sino múltiple, o varios entrelazados. Nunca perdonaría a mamá que me hubiera ocultado aquello, tal vez lo de la regla se lo hubiera podido perdonar con el tiempo, pero aquello no.



“No sabía muy bien qué hacer, así que dejé que el chaval se despertara por sí mismo, y mientras yo me relamía un poco, incapaz de asumir que el castigo de mi regla pudiera tener semejante compensación. Cuando lo hizo, al cabo de un rato, me miró con ojos desorbitados por el terror. Intentó sacar lo que había metido, pero conforme pugnaba por evitar el obstáculo, el roce contra mi hinchado clítoris, mi berenjenita mágica, como bien dices tú, lo volvió a excitar tanto que volvió a cabalgar sin el menor control. Con el tiempo sabría que la retención del semen, el líquido seminal, y toda ese apestoso líquido de que os dotó la naturaleza para fecundar, con olor a pescado podrido, es muy doloroso, ni punto de comparación con una regla dolorosa, pero bastante. El pobre chico no debía de ser capaz de explotar e inseminarme y la excitación era tan grande y tan dolorosa que para mi vergüenza y sorpresa, el pobre comenzó a llorar a moco tendido mientras no dejaba de penetrarme como si le fuera en ello la vida, como si estuviera enterrado y fuera la única forma de abrirse camino hacia la superficie.

“ Me dio tanta pena que yo misma ayudé con mis manos para desbloquear la entrada de la cueva, sin mucho éxito. El chico gritaba, pedía socorro, se movía espasmódicamente, y yo ayudaba en lo posible porque todo el placer se me estaba diluyendo a la vista de las circunstancias. En una de aquellas acometidas su trasero movió la palanca de la caja de cambios y debió también de quitar el seguro de mano, porque el coche comenzó a moverse por una pequeña cuesta y a tomar velocidad hasta que repentinamente chocó con el tronco de un árbol y mi cariñoso amante rompió el parabrisas y salió disparado hacia la oscuridad de la noche. Yo me quedé allí, sentada, meditando sobre la desgracia que había caído sobre mí sin merecerlo, cuando las otras chicas podían disfrutar de lo que yo había descubierto era un orgasmo, tan ricamente, sin tantas dificultades y tropiezos.

“No sé qué fue de aquel pobrecillo, mi primer amante, porque cuando logré calmarme y salir del coche a buscarlo no lo encontré por parte alguna. Tampoco quise llamar a la policía o a emergencias desde la gasolinera a la que llegué caminando tras un buen rato de mover las piernas, porque medaba mucha vergüenza tener que contar lo sucedido. No volví a verle nunca más, porque no volvió a pisar el cole, se decía que la policía había descubierto su coche en el bosque, tras un aparatoso golpe contra un árbol, pero ni rastro del pobre, ni de su cuerpo, ni de su alma. Se le dio por desaparecido y le buscaron, pero nunca fue encontrado. Aquello supuso mi despertar definitivo a la dura y dramática vida, descubrí demasiadas cosas como para no pasarme meses reflexionando sobre ello. Bendije la suerte de que él hubiera desaparecido sin contárselo a nadie. Al cabo de un largo periodo de reflexión reanudé mi actividad sexual con mucha discreción, prudencia, prevención y con juramentos previos de mis amantes de que no se lo contarían a nadie, pero se lo contaron y de esta manera se inició el largo y duro camino que me traería hasta Crazyworld.



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El miedo es el peor enemigo del hombre de conocimiento (Carlos Castaneda). El humor es el mejor amigo del hombre de conocimiento(Slictik)
Mi blog: "El guerrero impecable"


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